Hola queridos amigos, distraigo vuestra atención sólo por un momento para contarles una historia que de seguro les será de utilidad:
Una pareja de recién casados se mudó a un departamento en un vecindario muy concurrido.
La primera mañana en su nuevo hogar, después de haber hecho el café, la joven esposa miró por la ventana y vio que la vecina colgaba las sábanas para secarlas.
«¡Qué sábanas tan sucias! Quizás necesita comprar otro tipo de detergente. Debería ir a enseñarle cómo lavar apropiadamente», pensó.
Cada dos días ella le murmuraba lo mismo a su esposo con desdén, mientras veía a su vecina colgar las ropas sucias desde tempranas horas del día.
Pasado un mes, una mañana la joven esposa vio con sorpresa que su vecina estaba colgando las sábanas perfectamente limpias. Ella exclamó:
—¡Mira, finalmente aprendió a lavar la ropa, me pregunto quién le habrá enseñado!
Y el marido le contestó:
—Bueno, en realidad, mi amor, la única diferencia es que me levanté temprano esta mañana y limpié la ventana.
Cada uno de nosotros ha estado viendo a través de una ventana toda la vida. Manchada por las creencias e ideas adoptadas del pasado, esta superficie distorsionada crea nuestro mundo y gobierna nuestra percepción.
En la mayoría de los casos, nuestras ventanas están cubiertas por el polvo de toda una vida, nublando nuestra visión, bloqueando la luz de la verdad de nuestra vista.
La ventana de la mente se ensucia cuando el subconsciente se llena de opiniones basadas en la autocrítica y el miedo. Desafortunadamente, éste es el caso de muchos de nosotros y por ende los pensamientos incesantes y erráticos son nuestros compañeros constantes.
Nuestras mentes adultas se encuentran en perpetuo caos y contradicción. Nuestros pensamientos demandan en todo momento nuestra atención, mientras saltamos de una distracción a otra.
Este pensar incesante afecta nuestro sistema nervioso y en raras ocasiones habitamos en el momento presente, que es donde si podemos encontrar la paz.
Dondequiera que estemos, sentimos arrepentimiento, culpa y dolor intensos como resultado de las cosas que han pasado en nuestras vidas, y anhelamos cosas que desearíamos que sucedieran.
Ésta es la locura de la condición humana: la tendencia de nuestras mentes a estar siempre dando vueltas al pasado y proyectándose hacia el futuro, perdiéndonos de lo único que existe: El AHORA.
La mayoría de nosotros tiene una idea de cómo debe ser la felicidad. Tendemos a verla en el futuro, cuando podamos pagar una casa más grande, compremos un coche nuevo, encontremos la pareja perfecta, los niños crezcan, nos jubilemos.
¿Has notado que cuando logras una meta —el mejor trabajo, la casa más grande, la nueva pareja—, siempre hay algo más en lo cual pones tu corazón? Parece que sin importar lo que logremos, la plenitud está siempre más allá de nuestro alcance. ¿Por qué nunca nada es suficiente?.
Estamos esperando que algo pase, cualquier cosa que pueda traernos la satisfacción que nos ha eludido por tanto tiempo. El futuro parece contener nuestra única esperanza de plenitud verdadera, mientras el momento presente —que es donde siempre estamos, sin ningún esfuerzo— es donde menos esperamos encontrarlo.
¿Qué es lo que nos impide descubrir la belleza de la vida vivida en el ahora? La causa no es externa, como puede que pensemos frecuentemente, sino interna:

Yace dentro de nuestras mentes, cual polvo en las ventanas de nuestro corazón.
El Proyecto Educativo de nuestro colegio enfatiza el AMOR como valor fundamental, pero el alcance de la mente, aunque sea variado y fascinante, es limitado … la mente no puede entender completamente la  belleza del AMOR. En lugar de eso, tiende a enfocarse en lo banal y revolotea incesantemente de un pensamiento a otro. Aun en medio de la más grandiosa belleza —por ejemplo, viendo el sol ponerse sobre el océano—, la mente vaga por otros momentos, otros lugares:
«¡Guau! Este atardecer es maravilloso. Dicen que un atardecer como éste significa que vamos a tener un día soleado mañana. Espero que así sea, porque es mi único día libre y tengo muchas cosas que hacer. La primera cosa que debo hacer es ir al gimnasio por la mañana. ¡Tengo que perder peso! Y luego tengo que ir a la farmacia a comprar el remedio, lavar la ropa, arreglar la casa para cuando lleguen los invitados y ver qué voy a cocinar para la cena. La última vez que invitamos amigos a casa realmente les gustó aquel plato de pasta, tal vez debería hacerlo de nuevo. Era tan mala la torta de cumpleaños que trajeron nuestros amigos esa vez, era terrible. ¡Oh, no! El cumpleaños de mi mamá es mañana y olvidé enviarle una tarjeta. Soy una hija terrible…».
Por identificarnos tan profundamente con el parloteo constante de la mente, hemos perdido de vista todo lo que se encuentra más allá de sus límites: nuestra verdadera grandeza, la cual yace enterrada debajo de los pensamientos y opiniones limitados de la mente … la cual yace en nuestro CORAZÓN.
El primer paso para entender al AMOR como valor fundamental pasa por aprender a aquietar nuestra mente, limpiar el polvo de nuestra visión y VER con el CORAZÓN lo que realmente importa.
Te invito a ver una puesta de sol, un pajarito cantar, o a tu hijo jugar … pero sin polvo en tu vista, ni en tu CORAZÓN.

Con Cariño
Joseph Morgan
Director